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REGALO

  • Foto del escritor: Gilma Betancourt
    Gilma Betancourt
  • 23 feb
  • 5 Min. de lectura

Por: Gilma Betancourt



Alteza, se hace tarde —escuchó que le decían a lo lejos sus doncellas.

Li Mei no se había despegado de la ventana desde la cual contemplaba el horizonte. Habían pasado años desde que su hermano, el emperador Zhezong, la desterrara junto con su esposo a la fortaleza de Diaoyuchen, en la llamada Ciudad de la Pesca.


Todo había comenzado tras la muerte de su padre, el emperador Huizong, cuando las fuerzas de los príncipes y la nobleza se levantaron contra el príncipe heredero para hacerse con el trono.

Entonces recordó ese día en el que había sido feliz. Quizás por última vez.Era un día como el que estaba viviendo ahora, empezaba el Festival de Primavera. Y su padre, el emperador, estaba sentado en su trono y contemplaba con alegría a sus hijos e hijas.





Primero desfilaron los príncipes, bellamente armados, cada uno revestido con sus galas más lujosas. Destacaba entre ellos su hermano Zhao Xu, designado príncipe heredero apenas un año antes. El emperador estaba satisfecho: creía haber asegurado la paz entre sus hijos y conjurado el espectro de una guerra fratricida cuando él ya no estuviera. Era doloroso pensar que quienes habían crecido juntos pudieran terminar quitándose la vida unos a otros. Quizás esta vez no ocurriría. Quizás todos estarían a salvo. Había cuidado de la educación de sus hijos con ese propósito.


Luego llegaron las princesas, cada una más bella que la anterior. Sonrientes, expectantes ante los regalos que su padre les prodigaría. Hacía días que las casamenteras rondaban el palacio organizando alianzas matrimoniales, así que todas estaban pensando en sus ajuares de novias, sabiendo que la joya que les daría su padre sería la medida de todo lo que recibirían después. Además, probablemente aquella sería la última festividad que celebrarían allí, lo que las llenaba de nervios y esperanza.


Una por una fue pasando ante el trono, recibiendo palabras de consejo y obsequios generosos. Cuando le tocó el turno a Li Mei, todos esperaban los presentes más significativos. Era sabido que era la favorita del emperador. Había nacido cuando él ya era mayor, hija de una joven consorte que había sabido ganarse el corazón de Huizong. Además, Li Mei era audaz y luminosa; hermosa, dirían muchos; encantadora, dirían todos. Pero cuando llegó ante su padre, los regalos que este le tenía preparados parecieron mínimos en comparación con los de sus hermanas.

Un murmullo recorrió el salón.


¿Había cometido Li Mei alguna imprudencia? ¿Era esta una reprimenda pública?

Li Mei, sin embargo, permaneció firme. Miró a su padre con infinito amor. No necesitaba otro regalo más que su sonrisa, pensó. Y la sonrisa del emperador era fulgurante, aunque nadie parecía advertirlo; todos observaban únicamente la bandeja casi vacía.

Incluso su madre estuvo a punto de arrojarse a los pies del trono, temiendo que Li Mei fuera castigada o, peor aún, degradada. Pero se detuvo cuando escuchó la voz melodiosa del emperador:

—Acércate, Li Mei.

La princesa obedeció.






El emperador se puso de pie —algo que rara vez hacía— y la abrazó. Y sin que casi nadie lo notara, depositó en la palma de la mano de Li Mei una bolsita de seda.

—Este es mi regalo para ti. Te acompañará siempre y será tu consuelo en los días de tristeza.

Ella cerró los dedos con fuerza. Debía de ser algo muy valioso, pensó, pero no lo miró, pensando que por algún motivo su padre había deseado mantenerlo en secreto. Lo miraría luego, pensó, y discretamente lo guardó junto a su corazón; después de todo, lo que verdaderamente lo hacía precioso era que provenía del amor del emperador.


Cuando terminó la ceremonia, todos quisieron saber qué había sucedido, pero ella eludió las preguntas y dijo a todos que su padre no le había dado otra cosa que un abrazo y que para ella era más que suficiente; y ante quienes la miraban escépticos señaló:

—Tal vez quiso probar mi templanza.





Como no era extraño en el emperador someter a sus hijos a pruebas morales, el asunto quedó así.

Luego vinieron las bodas, entre ellas la de Li Mei; después, la despedida… nunca volvería a ver a su padre con vida. En ese momento sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, lágrimas que se transformaron en amargura al recordar cómo después lo que llegó fue la guerra y, tras esta, el destierro.


Las damas ya no la llamaban más; se habían resignado tras ver cómo se aferraba al marco de la ventana, así que se sentaron a esperar, pensando en que se perderían lo mejor de la celebración. Se lamentaron por los pastelitos de miel que ya no alcanzarían a probar.

Li Mei volvió al presente. ¿Por qué recordaba aquello precisamente ahora? Quizás la luz tibia del día, el perfume de las flores de durazno, el aire suave de primavera…

Llevó la mano al pecho y sintió la pequeña bolsa que siempre había guardado, sin atreverse nunca a abrirla. Durante años había temido que aquel regalo ocultara una lección dolorosa.

Con manos temblorosas desató el cordón.


Dentro de la bolsa de seda dorada encontró un pequeño caballo tallado en un rubí, brillante como una llama detenida en el tiempo. Entonces comprendió, El regalo no había sido pequeño,

Había sido un destino, Un caballo de fuego. Recordó el significado, Era su signo, Su año, Su ser,

En ese instante, el corazón de Li Mei, que había estado casi muerto, volvió a galopar.

Miró a sus doncellas y, por primera vez en años, sonrió con plenitud. Pidió papel y pluma. Se sentó frente a la mesa baja y comenzó a escribir aquella carta tantas veces postergada.






Le escribió a su hermano, Zhao Xu, el emperador Zhezong. Le habló del amor de su corazón, de su lealtad intacta, de su obediencia, del silencio lleno de dignidad y de los años pasados en el exilio sin queja alguna. No suplicó desde la humillación, sino desde la verdad. Le pidió que la liberara de un castigo que sabía —en lo más hondo de su conciencia— no merecer.

Selló la carta con mano firme. Y tras llamar a un correo, la despachó a la corte junto con su horquilla de pelo favorita, misma que su hermano le había regalado y que ella sabía que él iba a reconocer.

Después fue en busca de su esposo.


—No me quedaré más —dijo con serenidad—. Nuestro destino no puede seguir unido.

No había rabia en su voz, solo claridad.

—No pueden convivir el agua y el aceite. Estamos hechos de materiales distintos. Tú elegiste la traición. Yo no.

Él la miró en silencio. No hubo sorpresa en sus ojos, solo la confirmación de un miedo antiguo. Durante años había temido que regresara aquella Li Mei ardiente, indómita, la mujer que había conocido y amado… no la sombra marchita que el destierro había modelado a su lado.

La vio nuevamente erguida y luminosa.




Su corazón se encogió, pero también se alivió.

Era justo que volviera a vivir. Nunca había merecido aquel castigo. No le correspondía el destierro. El propio emperador se lo había advertido en otro tiempo:

—Deja a mi hermana; si te la llevas, asesinarás su espíritu.


Pero él, incapaz de arrebatarle el trono, se había aferrado a Li Mei como último gesto de poder y mezquindad, sabiendo que Zhezong, quien amaba profundamente a su hermana, preferiría sufrir antes que cometer la indignidad de arrebatársela a su esposo. Ahora comprendía que no podía retenerla más. Asintió mientras ella disponía todo para marcharse. Al amanecer del siguiente día partió. Cabalgaba como lo hacía junto a su padre, con el cabello al viento, libre, dejando que el caballo de fuego guiase su corazón.




 
 
 

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