La capilla Sixtina: El JUICIO parte 2
- Gilma Betancourt

- 23 ene
- 3 Min. de lectura
En el plano que está justamente debajo de donde se encuentra Jesús en majestad se
desarrolla el mayor movimiento de toda la obra; ahí es donde el drama está más presente.
Justamente bajo Jesús aparecen los ángeles trompeteros, que anuncian el Juicio. A mano
izquierda hay un alma que está siendo jalada hacia abajo por una serpiente; se encuentra
bastante alta, casi llegando al cielo. Su gesto es de preocupación, podría aludir a aquellos
que dudaron de la fe debido a sus conocimientos, aunque esta es una interpretación mía
y de carácter libre.
Al lado derecho vemos las almas ascendidas por los ángeles y, al lado izquierdo, las que
son descendidas por los demonios, que las están llevando hacia sus dominios.

En la parte inferior, está la tierra, al dado derecho de la misma se ven los sepulcros
abriéndose para dejar salir las almas mientras que en sus orillas esta una laguna donde
vemos a un barquero, Caronte, personaje de la mitología griega encargado de conducir
las almas a través de las aguas de la laguna Estigia para llevarlas al Hades. En este caso,
viene trayendo a los condenados al infierno, espacio que aparece representado en la
esquina inferior izquierda de la obra. Allí vemos un personaje muy particular: tiene orejas
de burro y está rodeado por una serpiente que muerde sus genitales. Se trata de un
retrato fidedigno realizado por Miguel Ángel como parte de una venganza personal. Es ni
más ni menos que Biagio Martinelli, mejor conocido como Biagio da Cesena, camarlengo
del papa y encargado de la censura por parte del Vaticano.
Da Cesena tuvo la posibilidad de ver el fresco de El Juicio Final antes de que estuviera
concluido, y su concepto fue que la obra era inaceptable. Señaló, sobre todo, que era
vergonzoso que en un lugar tan sagrado se hubieran representado tantas figuras
desnudas, expuestas de forma tan indecorosa, ya que Miguel Ángel no cubrió las partes
íntimas de ninguna de sus figuras. Conociendo este criterio, el pintor lo representó
justamente en el infierno. Cuando Biagio da Cesena descubrió su retrato, se quejó ante el
papa Pablo III, pidiéndole que ordenara a Miguel Ángel retirarlo de allí. El papa, que se
caracterizaba por su fino humor, le respondió: “Hijo mío, si él te hubiese pintado en el
purgatorio, yo podría ordenarle que te sacara de allí; pero te ha pintado en el infierno,
lugar en el cual el papa no tiene ninguna potestad”. De esta manera, el camarlengo se
quedó donde el pintor lo había situado.

Sin embargo, la censura no dejaría de salirse con la suya. En el año 1565, un año
después de la muerte de Miguel Ángel, el papa Pío IV dio la orden de que el pintor
Daniele da Volterra, miembro del taller de Miguel Ángel, cubriera las figuras, colocando
paños y velos sobre los genitales de muchas de ellas. Debido a este trabajo, el pintor
recibió el apodo de Il Braghettone, o “el pinta calzones”.
El fresco de El Juicio Final fue pintado en un lapso de cinco años, entre 1536 y 1541. Fue
un encargo del papa Clemente VII y, tras la muerte de este, fue retomado por Pablo III.
Existe una leyenda que señala que a Miguel Ángel no le pagaban o le pagaban poco; esto
es completamente falso. Él recibía una cantidad equivalente a 3.000 ducados de su
tiempo, muy superior a la que ganaba cualquier otro pintor de su época. Además, las
obras realizadas por Miguel Ángel para el Vaticano, tanto los frescos de la Capilla Sixtina
como las esculturas que se encuentran en diversos lugares —entre la basílica de San
Pedro, San Pietro in Vincoli y Santa Maria sopra Minerva— le concedieron una fama
descomunal, acorde con su talento extraordinario.
El fresco de El Juicio Final es, quizás, la prueba más significativa de lo que será el
manierismo y de lo que este estilo artístico llegará a aportar al desarrollo estético de
Occidente.
Gilma Betancourt




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