EL JUICIO FINAL de la Capilla Sixtina.
- Gilma Betancourt

- 19 ene
- 2 Min. de lectura
El regreso de Miguel Ángel a la Capilla Sixtina no fue algo agradable; regresó porque el
papa Pablo III básicamente se lo impuso. Miguel Ángel se había dejado el alma en los
frescos de la bóveda. Ahora se le encargaba otro trabajo descomunal, una obra que
debería abarcar un espacio de 13,7 m de alto por 12 m de ancho y que ocupaba toda la
pared tras el altar.

La razón de ese encargo era que este espacio estaba desprovisto de decoración y se
consideraba una falta de atención mayor; en cuanto a quién debía realizar la tarea, era
evidente que, tras el trabajo realizado por Miguel Ángel en la cúpula, no podía hacerlo otro
artista sino él mismo.
Al igual que en la cúpula, se le dio cierta libertad al pintor para determinar el tema. Era un
momento de crisis para la Iglesia, en el que el protestantismo avanzaba y, al mismo
tiempo, se seguían presentando los viejos conflictos de corrupción interna y la necesidad
de reforma. Por esa razón, Miguel Ángel decidió recurrir a una temática de por sí
significativa e importante en todo el desarrollo del catolicismo: el Juicio final. Además, esto
le permitía seguir avanzando en su aventura de representar el cuerpo humano en
movimiento.

El centro de la escena le corresponde a un Jesús en majestad, que está representado
como un Júpiter romano o un Zeus griego. Es una figura imponente, de gran masa
muscular, y cuyas manos expresan determinación y acción. Al lado derecho está situada
la Virgen María, una figura que se recoge sobre sí misma y mira de una manera
acongojada ante la escena que se está representando; mientras, al lado izquierdo,
aparece San Juan el Bautista, segundo árbitro de este drama escatológico.

En torno a la figura de Jesús se encuentran varios santos identificables por los
instrumentos de su martirio: San Pedro, con las llaves del Reino de los Cielos; San
Pablo, reconocido por la espada; San Andrés, con la cruz en forma de aspa; San Lorenzo,
a los pies de Jesús, con la parrilla que fue instrumento de su martirio; San Sebastián,
portando las flechas; y San Bartolomé, cuya piel desollada contiene el autorretrato de
Miguel Ángel.
Más allá de estas figuras, aparecen numerosos santos y santas que contemplan el drama
que se desarrolla en el plano inmediatamente inferior. Algunos de ellos ayudan a los
ángeles a elevar las almas hacia el cielo. Algunas de estas almas, más débiles, se apoyan
en rosarios o telas, símbolos de la fe y de la salvación. Aunque no siempre es posible
identificarlos con nombre propio, queda claro que representan a los justos que ya han
alcanzado el cielo.

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