Azul - Cuento
- Gilma Betancourt

- 23 ene
- 2 Min. de lectura
Navegaban en la faluca sobre las aguas profundas y azules del Nilo; se dirigían a visitar el
antiguo templo de Philae dedicado a la diosa Isis. Sara miraba el horizonte con
expectativa, pues cada uno de estos templos resultaba particularmente bello y suscitaba
cierta curiosidad. Nunca fue una de esas turistas convencidas o crédulas que pensaban
que los dioses del antiguo Egipto podían manifestarse vívidamente a quienes llegaban a
buscarlos; pero siempre tuvo, muy hondo en su corazón, un profundo y negado anhelo.
Sería maravilloso. Realmente sería maravilloso poder tocar ese tiempo pasado, vivirlo,
vislumbrarlo, aunque fuera por un solo instante.

Desembarcaron en la isla. El templo era hermoso, absolutamente bello, más de lo que se
había esperado. Cuando tomó el tour no tenía muy claro qué expectativas hacerse, pero
ahora sentía que esos euros habían sido más que bien gastados. Empezó a escuchar la
explicación, pensando en todo lo que su guía afirmaba: Isis como el corazón de Egipto, el
amor como la fuerza que mueve el mundo, los egipcios como ese pueblo que lo reconoce
y, por lo tanto, le da al corazón la mayor trascendencia.
De repente vio un reflejo azul en la lejanía. Se movía con una cierta ligereza que llamó
particularmente su atención. Además de esto, la tela del vestido parecía ser algo especial.
Sara pidió disculpas al guía, que ya básicamente estaba terminando su explicación, y le
preguntó dónde podía encontrar un baño. Él la miró, preguntándole si era muy urgente,
pues todavía faltaban algunos datos por aportar. Su rostro dejó claro que sí lo era, así
que, con cierto disgusto, él señaló el lugar al que debía dirigirse.

Sara caminó hacia allá, pero rápidamente, una vez se vio fuera del radio de su mirada, se
desvió. Iba en pos de esa mujer. Finalmente la alcanzó. No le dijo nada; con solo mirarla
se sintió llena de vida, llena del río, llena de azul, llena de magia. Inmediatamente
traspasaron el portal. Lo que encontró al otro lado la dejó sumida en la maravilla y en la
expectación.
Todo el mundo se agitaba: sacerdotes en una procesión, trayendo un carnero para el
sacrificio; mujeres tocando címbalos, vestidas a su vez como sacerdotisas. El ambiente, la
atmósfera, todo era absolutamente extraordinario, trascendental, de un azul intenso. Era
curioso que, entre todos los fenómenos a los que estaba expuesta —temperatura, olor,
sonido—, fuera justamente el color el que se sintiera con más fuerza.

Pronto Sara se vio a sí misma vestida con el traje azul que perseguía, dentro de la
procesión. No era una persona común: estaba vestida como una de las grandes
sacerdotisas, cantando en una lengua extraña, elevando alabanzas a una divinidad que
no era otra que la muchacha que había seguido y que ahora estaba presente a modo de
estatua.
Estaba en medio de esta circunstancia cuando sintió que alguien la movía,
llamándola por su nombre:
—Sara, Sara, despiértate. ¿Qué te pasa? Te has desmayado; debió haber sido el calor.
Nunca lamentó tanto haberse visto rescatada.

Cuento escrito por: Gilma Betancourt




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