ETERNIDAD AZUL
- Gilma Betancourt

- 21 nov 2025
- 1 Min. de lectura

Sus pies se detuvieron frente a Shah-i-Zinda. Contemplaba el mausoleo metida completamente en sí misma, absolutamente abstraída. Era como si el mundo entero hubiera dejado de moverse justo ahí, en Samarkanda. Había llegado a esta cita con la muerte: no la suya, ni la de algún ser humano con vida, ni tampoco la muerte de un pasado tan bello como doloroso. Era la muerte de un amor que no le pertenecía —que quizá nunca le había pertenecido— y que, aun así, la había habitado por completo.
Se quedó quieta, absorta, mirando los azulejos. Los patrones parecían respirar, moverse, entrar y salir de sí mismos. Se sentía cómoda en este buque de eternidad. A su lado, turistas de todas partes murmuraban expresiones de asombro y admiración, pero nada de eso la alcanzaba. Podría decirse que estaba sorda, muda, cualquier cosa menos ciega. No estaba ciega porque la belleza de Samarkanda ya se había instalado en su alma, actuando como un bálsamo silencioso, profundamente sanador.
En efecto, la muerte la esperaba en Samarcanda. La muerte de todo lo que alguna vez la lastimó. No importaba si el placer también se iba; había sido efímero desde el principio. Ahora, de pie, casi como una estatua de sal frente a aquella obra milenaria, sintió que por fin se re-conectaba consigo misma. Que, al fin, era posible volver a soñar, anhelar, aspirar, incluso acariciar la felicidad.
-Un cuento escrito por: Gilma Betancourt




Samarkanda una ciudad para soñar que todo puede volver a empezar. Bellisimo. Gracias 😍
Me hiciste recordar ese Medellín que conocí hace muchos años. Gracias Gilmita por este 🎁
Como siempre maravilloso. 💙💙