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ARACNE

  • Foto del escritor: Gilma Betancourt
    Gilma Betancourt
  • 3 jun 2022
  • 5 Min. de lectura

Eres la mejor tejiendo historias, Lea, ¡la mejor!

- ¿Te parece?

- ¡No me cabe la más mínima duda!, es más, creo que con esta última obra te has

superado, llegas a un punto de madurez y originalidad tales que deberíamos

aprovechar.


- ¿Aprovechar? No te entiendo.

- Sí, sí claro, aprovechar, mira en la industria editorial no existe nada como esto, y

si lo manejamos de la manera indicada podríamos no sólo asegurarnos un éxito

total de ventas, sino incluso crear algo totalmente novedoso, algo que nos

asegure el máximo de publicidad posible.


- Hum, suena bastante bien.

- ¿Cierto? Dime que te interesa, que estarías dispuesta a hacerlo.

- Claro que me interesa, pero no sé exactamente a qué te estas refiriendo, así que

te agradecería me lo explicaras.


- Bueno, considerando que la saga es mitológica y rompe con todo lo que hasta

ahora has publicado, pienso que sería genial que te transformaras también tú en

un personaje. ¿Te imaginas?, ¿has pensado en lo revolucionario que sería?

¡Podrías ser la Madonna de la literatura!


- Jajaja, eres fantástico, Tom, por eso te amo. ¿Pero dime, en qué personaje has

pensado?

- - Yo a decir verdad en ninguno, eso te lo dejo a ti, que finalmente eres más

creativa que yo.


- ¡Está bien! Déjamelo a mí, lo pienso y te aviso.



Tras unos días y luego de pensarlo, Lea lo llamó para contarle que ya tenía claro el

personaje y comunicarle su intención de que la saga apareciera firmada bajo el

nombre del mismo. Acordaron hacerlo así, y empezaron a planear la trasformación

de Lea en Aracne.


Para ello decidieron contratar a un asesor de imagen, quien se encargaría de

producirla de manera que su simple visión resultara impactante. Les recomendaron

a Athina una reconocida estilista, que trabajaba con varias estrellas del cine y de la

música. La entrevista se llevó a cabo con absoluta discreción, pues Athina dijo que

tenía firmada, en ese momento, una cláusula de exclusividad que le impedía asumir

el proyecto, y sólo había aceptado la entrevista porque le llamaba la atención la

propuesta y era admiradora de la obra de Lea.


El encuentro fue interesante y productivo; acordaron que aunque Athina no podía

comprometerse de manera directa les recomendaría a alguien bastante eficiente y a

quien ella conocía desde siempre. Al final del encuentro Aracne sugirió que se

tomaran una foto para la historia, una en que la gran Athina decidía por una vez ser

cómplice, ya no enemiga de Aracne y ayudarla a triunfar. Athina acepto.


La ayuda llegó tal y como se había prometido, Lea estaba irreconocible, su nuevo

look era del todo excéntrico, completamente acorde con el personaje. Cómo ella

nunca experimentó repulsión a las arañas adquirió varias de ellas y dejó que sus

estilistas las colocaran en su pelo, por el que caminaban con toda libertad, y donde

tejían telarañas, muchas de las cuales incluían moscas, atrapadas allí.


Obviamente fue un éxito mediático, sobre todo luego de aparecer en varios de los

programas televisivos de moda. Allí Aracne brindaba entrevistas, en las que

desplegaba un agudo sentido del humor. Encantada con su victoria no dejaba de

hacer continuas referencias al mito, señalando que esta vez era Aracne y no Atenea

quien salía vencedora. Todos se reían y ella no podía menos que sentirse

complacida.


La saga fue un betsseller de gran popularidad en los diversos círculos literarios.

Los críticos, por lo general reacios a ponderar está clase de obras como parte de la

gran literatura, en su caso hacían la excepción. En efecto el éxito de ventas y la

popularidad no iba en desmedro de la calidad. Lea estaba feliz y realizada.

Fue entonces cuando Lea ganó uno de los mayores galardones literarios y CNN le

propuso hacer un documental sobre su vida y su obra.



El documental se rodaría pasados cuatro meses, pues ella dijo que no podía

hacerlo antes, debido a compromisos previos. En realidad no quiso hacerlo antes,

pues era consciente de la necesidad de crear el escenario, ya que una cosa era

ella y otra su hogar, que hasta entonces permanecía ajeno a Aracne.

Ahora, si quería mantener el interés de sus lectores era necesario construir un

escenario y hacerlo creíble. Lea no quería que al comenzar la producción todo

pareciera recién montado para escena, así que habló con Tom a fin de realizar los

cambios cuanto antes. Este llamó de nuevo a Athina para que les colaborara en la

adecuación, pero ella otra vez se excusó argumentando estar muy ocupada; pese

a lo cual volvió a indicarles las personas adecuadas para hacer los arreglos necesarios.


Pronto la casa de Lea se convirtió en un lúgubre nido de arañas. Tom hizo bromas al

respecto, preguntándole si no se sentía incomoda o molesta con esta

transformación de su casa, a lo que ella contestó que no le molestaba, que se

sentía cómoda en su nuevo hábitat, ¿o no era acaso Aracne?

Cuando el lugar estuvo listó y faltaban todavía tres meses para la filmación trajeron

las arañas. Lea las miró experimento una rara sensación.


No eran en sí muy distintas de las que ya tenía, que a decir verdad se veían más

peligrosas. Pensó en devolverlas, pero se contuvo; pues eran un regalo personal de

Athina, quien hasta ahora siempre había sido tan amable y deferente con ella.


El portador, viendo su aprehensión, la tranquilizó, sacó una de la caja en donde venían

y la colocó sobre su mano, mostrándole que eran del todo inofensivas. Luego la tomó,

la puso en la mano de Lea, quien, aunque al principio estuvo nerviosa, pronto constató

que el roce no sólo no era amenazante, sino que le resultaba del todo placentero.


Esa noche se acostó, aún con la sensación de la araña caminando sobre su piel. No

pudo dormirse, hipnotizada, se vio a sí misma caminando hasta el terrario donde

había dejado a las arañas. Sacó varias de ellas y las puso sobre su piel.

Atrapada por ese roce las sacó todas, se desnudó y se metió en la cama con ellas.

Al día siguiente supo que no quería salir de allí, canceló todas las citas previstas,

llamó a Tom y le dijo que ante la inminencia de las grabaciones estaba nerviosa y

se tomaría un breve descanso fuera de la ciudad antes del evento.


Tom entendió, pidiéndole únicamente que se comunicara con él en cuanto regresara,

ella asintió. Luego, haciendo acopio de fuerzas se paró, se vistió, fue a la caja fuerte y

sacó de ella el dinero necesario para pagar por lo menos tres meses de salario a la

servidumbre. Los reunió y les dio vacaciones colectivas, diciéndoles que se iba a un

largo viaje y deseaba dejar la casa cerrada.


A algunos les pareció extraño, pero considerando todos los cambios que ella había

vivido en el último tiempo creyeron que era lógico que deseara descansar y salir de

ese ambiente por un tiempo.


Temblando por la abstinencia experimentada Lea volvió a la cama, de la que sólo

salió en casos de extrema necesidad y cada vez durante lapsos más y más cortos.

A fin de evitar el sufrimiento y prolongar el placer empezó a dejar de tomar líquidos

y comer.


Cuando pasaron los tres meses pactados Tom, angustiado ante la inminencia del

evento y el silencio de Lea se atrevió a pasar por su casa. Al llegar se encontró con

las patrullas de la policía y la ambulancia, entró precipitadamente, sólo para

encontrarse con la mirada horrorizada de Anita, empleada de confianza y asistente

personal de Lea. No preguntó nada temiendo confirmar lo peor, se abrió paso hasta

la habitación desatendiendo las advertencias de los investigadores.


Fue entonces cuando la vio. Allí, tumbada en la cama, se hallaba Lea, o al menos lo que

quedaba de ella, su cuerpo expedía un olor nauseabundo. Al parecer había muerto de

inanición hacía por lo menos una semana. Fue entonces cuando Tom se fijó en las

arañas que salían de las cuencas de sus ojos.


- ¿Viste la noticia, Athina?

- ¿La noticia? ¿Qué noticia?

- La de Aracne, la escritora.

- No, no la vi, además, ¿por qué tanta excitación de tu parte?


- Pues, es que era amiga tuya, ¿o nó?

- ¿Amiga mía?, ¡No. A decir verdad yo ni la conocía!

- ¡Ah! Es que yo pensé… ¿No era tu cliente?

- ¿Cliente mía?, ¡Jamás! ¡Yo detesto las arañas!


| Gilma Betancourt ✒️

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