VOTAR EN 1974 EN COLOMBIA: UN VIAJE EN EL TIEMPO
- Gilma Betancourt

- 28 may
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La jornada comenzaba antes de que saliera el sol. En muchas casas ya había movimiento desde las cinco de la mañana: el agua calentándose en ollas de peltre, el olor del café cerrero subiendo por los patios, las camisas recién planchadas colgadas detrás de las puertas y los zapatos lustrados desde la noche anterior. Votar en 1974 no era simplemente un trámite; era una ceremonia pública, una manera de mostrarse ante el barrio y ante el partido. Se iba a votar como quien va a misa o como quien asiste a una fiesta patronal: con ropa seria, con sombrero algunos hombres, con vestidos estampados muchas mujeres, con la sensación de que ese día el país entero estaba mirando.

Las calles se llenaban temprano de carros con banderas amarradas en las antenas, jeeps repletos de gente traída desde corregimientos, buses contratados por directorios políticos y bicicletas adornadas con cintas rojas o azules. Los nombres de Alfonso López Michelsen, Álvaro Gómez Hurtado y María Eugenia Rojas aparecían pintados en paredes, repetidos en volantes y pronunciados con fervor casi futbolero en las tiendas de esquina. Todavía sobrevivía la memoria caliente de la violencia bipartidista y, aunque el país intentaba verse más moderno, las lealtades políticas seguían heredándose como los apellidos o las tierras.

Los liberales hablaban de “la apertura”, del regreso pleno después del Frente Nacional, del carisma elegante de López Michelsen. Los conservadores respondían hablando de orden, tradición y experiencia alrededor de Gómez Hurtado. Y mientras tanto, la ANAPO seguía movilizando resentimientos populares, evocando el nombre del general Rojas Pinilla y esa sensación persistente de que a mucha gente le habían robado algo años atrás. En las mesas de votación abundaban los comentarios en voz baja: “Esta vez sí gana limpio”, “ojo con los jurados”, “no deje que le dañen el tarjetón”, “ya trajeron gente de otros municipios”.

Las maquinarias políticas funcionaban como relojes invisibles. Había líderes barriales encargados de despertar votantes, hombres que pasaban lista en libretas pequeñas, directorios municipales donde sonaban teléfonos sin descanso y se repartían cigarrillos, café y aguardiente desde media mañana. Los gamonales locales recorrían escuelas y plazas saludando con palmadas en la espalda, prometiendo puestos, favores o simplemente recordando viejas lealtades familiares. Muchos votaban no tanto por ideología sino por gratitud, por miedo a quedar mal con alguien importante o porque toda la familia llevaba generaciones votando igual.

En las filas se discutía de todo: el precio de la gasolina, la inseguridad, si el país se estaba volviendo demasiado liberal, si Bogotá entendía realmente a las regiones. Había tensión, pero también algo festivo. Los vendedores ambulantes hacían su agosto ofreciendo empanadas, cigarrillos sueltos, gaseosa y tinto. Los niños corrían entre los puestos mientras escuchaban palabras que apenas entendían: “coalición”, “fraude”, “escrutinio”, “registraduría”.
Después de votar casi nadie regresaba directamente a casa. Ahí comenzaba otra parte fundamental del ritual. Muchos hombres terminaban en cafés, billares, clubes sociales o cantinas donde el tema único era la elección. En pueblos y ciudades pequeñas, las sedes liberales y conservadoras se convertían en verdaderos centros de peregrinación política. Sonaban radios encendidos a todo volumen transmitiendo boletines parciales, y cada porcentaje anunciado era recibido como gol de final de campeonato. Las personas fumaban nerviosamente mientras esperaban las noticias de municipios lejanos: Girardot, Bucaramanga, Pasto, Barranquilla. Cada departamento parecía inclinar el ánimo colectivo hacia un lado distinto.

Las familias más acomodadas seguían el conteo desde salas elegantes con whisky y pasabocas; los barrios populares lo hacían en tiendas repletas de cerveza, aguardiente y dominó. La radio era el corazón de la jornada. Las voces de los locutores adquirían una autoridad casi sacerdotal. Bastaba que dijeran “boletín extraordinario” para que un café entero guardara silencio. Algunos lloraban de emoción; otros golpeaban las mesas acusando fraude antes de que terminara el conteo.
Cuando finalmente comenzaban a perfilarse los resultados, las caravanas reaparecían. Los carros tocaban bocina sin descanso, la gente agitaba pañuelos desde las ventanas y las plazas principales se llenaban de simpatizantes cantando himnos partidistas. Los liberales podían terminar celebrando en clubes sociales o en avenidas céntricas entre pólvora y música tropical; los conservadores, más sobrios en apariencia, también convertían sus sedes en escenarios de largas noches de discusión, brindis y balances políticos. Los derrotados rara vez se retiraban en silencio: se quedaban hablando hasta la madrugada sobre irregularidades, traiciones internas y lo que vendría después.

Y en medio de todo eso estaba la sensación profunda de pertenecer a algo más grande que uno mismo. En 1974 la política todavía ocupaba las conversaciones familiares, dividía matrimonios, definía amistades y organizaba la vida social de pueblos enteros. Una jornada electoral no terminaba cuando cerraban las urnas; seguía viva durante toda la noche, en el humo espeso de los cafés, en las botellas vacías sobre las mesas, en las discusiones interminables y en esa mezcla de esperanza y resentimiento con la que el país amanecía al día siguiente.

Por Gilma Betancourt ESPECIAL HISTORIA & ELECCIONES PRESIDENCIALES




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