Un Plato de Gracia Inesperada
- Gilma Betancourt

- 27 nov 2025
- 2 Min. de lectura
Era una hermosa tarde, aunque la temperatura había bajado más de lo normal y extrañaba sus guantes. A decir verdad, no era lo único que extrañaba. Miraba alrededor: las personas iban y venían apresuradas, intentando llegar cuanto antes a sus hogares para reunirse en familia. Tanto tiempo preparando esta festividad le había hecho saber de memoria cada uno de los pasos que la rodeaban. Siempre había algún distraído que olvidaba algo: los arándanos o la calabaza, algún pequeño detalle que lo hacía correr hacia la tienda, rogando para que no se hubieran terminado las existencias. De ahí el ir y venir.
Por otra parte, se escuchaba la calma: las personas ya se habían retirado. La ciudad no dormía; más bien dormitaba en una especie de cándida siesta otoñal. Por su parte, no tenía prisa; no había nadie que fuera a extrañar su ausencia, por lo menos no este año. Así que se tomó su tiempo pensando si realmente valía la pena el esfuerzo de cocinar o si, más bien, solucionaba las cosas saliendo del paso con un poco de leche y cereal.
Llegó a la casa —mejor dicho, llegó a su apartamento— y entonces los espectros saltaron sobre su memoria: las risas, los juegos, las chanzas, las demandas de uno u otro platillo. ¡Cómo pesaba ese silencio en el alma! Sintió las lágrimas corriendo por sus mejillas. Suspiró. Sobre la chimenea estaba la pequeña lata con las cenizas de la pequeña Chasti, último tramo de su vida emocional.

Entonces escuchó el débil maullido que la llamaba desde afuera. No pudo más: le pareció algo totalmente sorprendente, pero sí, ahí estaba de nuevo. Se asomó a la puerta para descubrir esa pequeña bola de pelos que se acogía al amparo de su portal. Tímidamente la acarició, la abrazó y sintió que la vida recuperaba otra vez algo de ese brillo perdido.
—Pequeña, ¿qué te daremos para comer? —recordó que todavía tenía algo de comida de Chasti, así que se la trajo. No era la adecuada, pero era mejor que nada. Mañana ya se encargaría de buscar algo en la tienda.

Curiosamente, ese pequeño ser trajo consigo el impulso de ponerse a cocinar, de recordar amorosamente a los que ya se habían ido y de pensar que, más temprano que tarde, la vida siempre vuelve a tomar impulso. Se acordó también de sus vecinos, ya mayores, solitarios, que al igual que ella seguramente estarían pasándola fatal. Tomó su abrigo y salió en su búsqueda antes de que se acostaran a dormir.
En medio del desamparo, la recibieron felices y contentos. Esa noche, todos reunidos, disfrutarían de nuevo de la esperanza propia del Día de Acción de Gracias.

Cuento: Gilma Betancourt - Especial Acción de Gracias
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