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Un paseo por los Museos Vaticanos Y la Capilla Sixtina

  • Foto del escritor: Gilma Betancourt
    Gilma Betancourt
  • 8 ene
  • 4 Min. de lectura

Si tienes la posibilidad de estar en Roma y te gusta el arte —o al menos te interesa

profundamente—, hay un lugar al que necesariamente debes acudir: los Museos

Vaticanos y la Capilla Sixtina.




Mi primera recomendación es llegar lo más temprano posible. Compra tus boletos con

anticipación y procura estar allí entre las ocho y las nueve de la mañana. Esto te permitirá

encontrar menos gente, más silencio y una experiencia mucho más propicia para la

contemplación estética, especialmente en la Capilla Sixtina.


Si no puedes ir temprano, intenta hacerlo durante las dos últimas horas del día y evita, en la medida de lo posible, la media mañana y los sábados, sobre todo el último sábado del mes.



Antes incluso de viajar, entra en contacto con las obras que vas a ver. El arte no es solo

información para la mirada: es comunicación del espíritu. Disfrutar una obra supone

conocer su origen, el movimiento estético al que pertenece y lo que propone. Así, cuando

estés frente a ella, no estarás tratando de entenderla, sino de vivirla.


La Sibila Délfica de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina



Es como ir a un buen restaurante: si ya conoces el lugar y su propuesta, cada detalle se

vuelve significativo. Con el arte sucede lo mismo. Un guía o una audioguía aportan

información valiosa, pero el disfrute se multiplica cuando ya se tiene un contexto previo.



A partir de hoy voy a acompañarte en un recorrido por estos maravillosos espacios. Lo haré en varias entregas, pues, como verás, es mucho lo que hay que ver y más aún lo

que está por decirse sobre el arte contenido en ellos....


Los Museos Vaticanos están organizados en galerías. El primer espacio al que

recomiendo entrar es el Museo Pío-Clementino, donde se encuentra la gran escultura

clásica. Si el tiempo es limitado, hay tres obras fundamentales que no te debes perder,

tanto por su calidad como por su historia e influencia en el desarrollo de la escultura

renacentista, a la cual aportaron una “nueva manera” de ver el cuerpo humano:


Laocoonte y sus hijos, Apolo del Belvedere y el Torso del Belvedere. El nombre

atribuido a las dos últimas esculturas se corresponde con el patio donde fueron

ubicadas una vez llegaron al Vaticano. Veamos la relevancia de cada una de ellas.



Laocoonte y sus hijos es una de las esculturas antiguas de mayor relevancia.

Corresponde a la escultura romana del siglo II y se atribuye tradicionalmente a

Agesandro, Atenodoro y Polidoro de Rodas. Representa un episodio de la mitología

griega narrado por Virgilio en La Eneida.



Laocoonte, sacerdote troyano, advirtió a sus compatriotas del peligro del Caballo de

Troya. Como castigo de los dioses —Atenea o Poseidón, según la versión—, dos

serpientes marinas emergen del mar y atacan a Laocoonte y a sus dos hijos,

provocándoles la muerte. La escultura fue descubierta en 1506 en Roma, enterrada cerca

del palacio del emperador Tito.


Su hallazgo causó un enorme impacto en los artistas del Renacimiento, como Miguel

Ángel, debido al intenso dramatismo que encierra, manifiesto en la expresión de dolor del

rostro, la emoción, el movimiento y la complejidad compositiva, pero especialmente por su

extraordinario realismo anatómico.




El Torso del Belvedere se atribuye a Apolonio de Atenas y estaría datado en el siglo I a.

C. Es un fragmento escultórico que representa un cuerpo masculino sin cabeza, brazos ni

piernas. A pesar de estar incompleto, muestra un dominio excepcional de la anatomía,

con músculos tensos y una postura en fuerte torsión. Se cree que era una representación

de Hércules. Miguel Ángel lo consideró la escultura perfecta, por lo que se negó a la

petición del papa Julio II de restaurarla.



Finalmente, está el Apolo del Belvedere, atribuido a Leocares y datado en el siglo II a.

C., basado en una obra anterior del siglo IV a. C. Su mayor relevancia reside en que

constituye el ideal de belleza clásica, definido por un cuerpo de proporciones perfectas y

un rostro que transmite serenidad. El Apolo recoge los tres principios básicos de la belleza

antigua: perfección, razón y armonía.




Tras esta primera sala, pasamos a la Galería de los Mapas, un espacio que no toma

demasiado tiempo recorrer —al menos para quienes no sienten especial pasión por esta

clase de objetos—, pero que resulta sumamente interesante.


La galería fue realizada entre 1580 y 1585 por Ignazio Danti, por encargo del papa Gregorio XIII. Se trata de un largo corredor decorado con 40 mapas al fresco que representan las regiones de Italia, organizados según las costas del mar Tirreno y del mar Adriático. Los mapas combinan precisión científica y valor artístico, mostrando ciudades, ríos y relieves.



El techo, ricamente decorado con frescos y estucos, representa escenas religiosas e históricas

relacionadas con los territorios. La galería posee un fuerte carácter propagandístico, ya

que refleja el poder del Papado y el espíritu de la Contrarreforma, uniendo arte, ciencia y

política. Y en esta galería detendremos este recorrido, que retomaremos en una próxima entrega.



Si tu próximo destino es Roma, te invitamos a contactarnos para conocer muchos más detalles Históricos y lugares a los que puedes visitar en tus vacaciones.


Nota: Gilma Betancourt Historiadora



 
 
 

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