San Pedro una plaza para abrazar el mundo.
- Gilma Betancourt

- 9 ene
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Llegar a la plaza de San Pedro constituye encontrarse con el corazón del catolicismo. No es un espacio cualquiera: es la sede del papado y un lugar cargado de significado simbólico, espiritual e histórico. La plaza cumple múltiples funciones, pero ante todo representa la universalidad de la Iglesia, su vocación de acogida y su centralidad en la fe católica.

La historia de la plaza está estrechamente vinculada al nombre de Gian Lorenzo Bernini, el más grande escultor y arquitecto del período barroco italiano. Bernini ya había trabajado durante largo tiempo para el Vaticano cuando, entre 1656 y 1667, emprendió el ambicioso proyecto arquitectónico destinado a dar contexto a la basílica de San Pedro y a realzar su monumentalidad. Su genialidad lo llevó a concebir un espacio de forma elíptica, circundado por una majestuosa columnata dispuesta en cuatro filas, compuesta por 284 columnas.


Estas columnas envuelven a los visitantes y los integran en lo que el propio Bernini describió como un gran abrazo. De esta manera, la plaza adquiere una profunda trascendencia simbólica: representa la unidad y la acogida universal de la Iglesia, entendida como madre capaz de abrazar a todos los pueblos del mundo.
La construcción de la plaza y de las obras adyacentes a la columnata se realizó bajo el pontificado del papa Alejandro VII, quien rigió la Iglesia católica entre 1655 y 1667. Fue uno de los grandes mecenas de la Roma papal y se caracterizó, además, por impulsar una reforma interna de la Iglesia, la restauración de la moralidad eclesiástica y una firme defensa del dogma católico.

Cuando se proyectaron las obras de la plaza, se decidió mantener en su centro el obelisco que había sido emplazado allí por el papa Sixto V en 1586. Este obelisco, de origen egipcio, está hecho de granito rojo y fue traído a Roma por el emperador Calígula en el año 37 d.C. Originalmente se encontraba en el circo de Nerón, ubicado precisamente en el lugar donde hoy se alzan la basílica y la plaza de San Pedro.
Al obelisco se le han atribuido diversos significados simbólicos. Por un lado, para los egipcios representaba el eje que conecta el cielo y la tierra; por otro, en el contexto cristiano, simboliza el triunfo de la fe cristiana sobre el paganismo. Así, este antiguo monumento se integra armónicamente en un espacio profundamente cristiano, cargado de memoria histórica y espiritual.

La razón de ser fundamental de la plaza de San Pedro es dar contexto a la basílica, permitir que los fieles la identifiquen fácilmente y otorgarle la relevancia que el papado desea para este lugar único. Pero la plaza es también, por su conexión con el apóstol Pedro, el espacio donde los fieles católicos —y en ocasiones personas de otras religiones— pueden recibir la bendición papal.
Esta bendición se realiza especialmente en los grandes momentos de la fe católica, como la Navidad (25 de diciembre), la Pascua y la Epifanía. También tiene lugar en ocasiones extraordinarias, como al concluir los cónclaves, cuando el nuevo papa aparece por primera vez ante el mundo, o en momentos de crisis global y tiempos excepcionales. Asimismo, el Vaticano convoca a los fieles en fechas señaladas como los Años Santos, los jubileos u otros acontecimientos de especial relevancia.

La bendición Urbi et Orbi, dirigida “a la ciudad y al mundo”, se imparte desde el balcón central de la fachada de la basílica de San Pedro, conocido precisamente como el Balcón de las Bendiciones.
Podría pensarse que, en tiempos contemporáneos, este acontecimiento es poco relevante para quienes no profesan una fe profunda; sin embargo, sigue siendo uno de los momentos más conmovedores que se pueden vivir.

Lo afirmo desde mi experiencia personal. Tuve la oportunidad de estar en Roma durante la fiesta
de la Epifanía en 2015. Sabíamos que existía la posibilidad de ver al papa —en ese momento, el papa Francisco, recién iniciado su pontificado—, pero no fuimos plenamente conscientes de lo que significaba que fuera precisamente el 6 de enero. Nos correspondió asistir a la bendición, y puedo decir, sin exagerar, que fue uno de los momentos más maravillosos y emocionantes de toda mi vida.

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