MEDUSA
- Gilma Betancourt

- 18 jun 2022
- 4 Min. de lectura
Nadie podía sustraerse al poder de su mirada y ella lo sabía, lo sabía y lo disfrutaba
tanto como amaba saberse una mujer fatal. Y es que era bella, por no decir bellísima,
además de enigmática, dulce y sensual.
Todos se sentían atraídos hacia ella, sin importar su sexo, religión, etnia, profesión, o
edad. Era magnéticamente atractiva, pero eso, que a cualquiera otra habría asfixiado o
agobiado, a ella simplemente la satisfacía.
La complacía tanto, o casi tanto, como saber el desconcierto en que todos se sumían
cada vez que les decía: Medusa, así es como me llamo. Y es que, claro, cómo podían
compaginar los pobres tanta belleza y seducción con aquel nombre que en general
suscitaba terror, espanto o desagrado. Pero era verdad, ella se llamaba así, ese era su
nombre, el que mejor se le avenía y llevaba sobre sus hombros desde tiempos inmemoriales,
Y como tenía una personalidad osada y atrevida, le divertía usarlo. Obviamente todos
imaginaban que se trataba de un nombre de trabajo, uno que se ajustaba bastante bien
a la profesión de bailarina exótica; que era la que siempre había desempeñado, entre otras
cosas porque era la única que le permitía mantener consigo a sus serpientes sin levantar
sospechas, ya que éstas hacían parte de su acto.

Así como los ratones que usaba para alimentarlas y alimentarse ella, aunque esto último
todos lo ignoraban y era mejor que lo siguiesen ignorando. Pues por mucho que les simpatizase
o atrajese, no creía que les gustaría verla devorándolos, acercándoles la bífida lengua, para olisquearlos y saborearlos, era precisamente debido a su lengua que hablaba siseando, lo que
la hacía aún más atractiva y todos creían era igualmente parte del espectáculo. Medusa se
movía lentamente, zigzagueando, deslizándose apenas, sin hacer ruido por
los diferentes espacios, por lo general no se quedaba mucho en ningún sitio, por
razones de seguridad claro; era preciso mantenerse de incógnito, no quería ser de
nuevo descubierta.
Aunque la última vez no había sido tan malo, se dijo, mientras contemplaba con una
sonrisa al hombre que dormía a su lado. ¡Perseo, qué bello que era, tan joven, tan
intrépido, tan arriesgado!

Desde que lo vio, ella perdió la cabeza, no había podido evitarlo, se enamoró de él
como una adolescente cualquiera. El llegó con ansias de gloria, venía, como tantos,
detrás del mito de Medusa, buscaba a la Gorgona de aliento fétido y cabello de
serpientes. Obviamente no podía, ni pudo estar preparado para enfrentarse a ella.
Al principio anduvo un tanto atontado, perdido, desconcertado en medio de sospechas,
gestos, indicios, y temores. Fue entonces cuando se aproximó a ella, buscando su
complicidad para vencer al monstruo.
Le hizo promesas y confidencias, le contó del miedo que desde niño lo había asediado. “Solo obteniendo la cabeza de Medusa podría dormir en paz” “Solo siendo dueño de su mirada,
podría estar tranquilo, relajado”.
Ella simplemente le dejó decir, se dedicó a escucharlo, a acompañarlo, a alimentar sus
sueños de heroísmo y lucha. Sus hermanas la miraban preocupadas, temiendo que se
relajara, que se dejase descubrir, de modo que cayese sobre ella la desgracia. Ella las
tranquilizaba, les decía que estaba pronta a defenderse y que en caso de necesidad se
desharía del niño, como ya había hecho con tantos en el pasado, y como entonces, no
dejaría huellas ni evidencias. Pero la verdad era que por primera y única vez se había
enamorado.

Antes de lo pensado se convirtió en su amante, lo trajo hasta su cama y allí yació con
él en un abrazo largo y prolongado. Para cuando esto pasó, supo que ya no habría
retorno, que su pasado glorioso había acabado. Ni las hermanas de ella, ni los
hermanos de él aprobarían la unión que habían iniciado.
Así que por una única vez se decidió a dejarlo todo y morir, pues se sentía completa y
sabía que no era capaz de matarlo; había perdido la ventaja propia de la ausencia del
querer. Esa noche lo invitó a cenar con ella, él aceptó gustoso, aunque se dijo que
estaba postergando demasiado ir tras su objetivo; varios habitantes locales le habían
advertido que si quería atrapar al monstruo debía aprovechar las horas de la noche,
cuando esté era más vulnerable.
Sin embargo, hacía tiempo que Perseo había cejado en su empeño, ¿de qué valía
matar un monstruo más, cuando su patria estaba tan llena de estos como de héroes
dispuestos a darles fin? ¿No sería más interesante abandonar aquel propósito y
dedicarse más bien, con todas sus ansias, al heroísmo de amar a una mujer sin par?
Pensaba en ello cuando se dirigió a la casa donde Medusa le esperaba.

Esa noche ella se lo confesó todo. El no le creyó, se rió, pensando que se trataba de
una estratagema para evitar que se enfrentara al monstruo. Entonces Medusa hizo lo
que nunca pensó que llegaría a hacer, se descubrió la cara, se quitó el rostro de mujer
y, por una única vez en su larga vida, le mostró a Perseo lo que era su más pura y
diáfana realidad, los ojos de serpiente que todo lo adivinan, la larga lengua bífida,
capaz de develar lo que el aire oculta: miedos, dudas y temores.

El sé quedó petrificado, pero no por el terror, sino por la fascinación, preso para siempre
de esos ojos de serpiente hecha mujer, de esa lengua capaz de anticipar la muerte y el placer.
Pasada la primera impresión Perseo volvió en sí, entonces le pidió amablemente
ponerse de nuevo el rostro y no volver a descubrirse nunca más, ya que con una sola
vez en la vida era más que suficiente. Luego, mientras ella temblaba esperando el
golpe del acero, él se acercó y la besó, juró quedarse a su lado para siempre,
abandonando todo propósito anterior.
Esa misma noche se marcharon, dejaron tras de sí la larga piel de serpiente
abandonada y junto a ella el relato de aquel mito que entre ambos inventaron, ese en
que el héroe armado de su espada y cubierto por la piel de la invisibilidad da muerte a
la Gorgona, cercenado su cabeza y llevándosela lejos, mientras de las gotas de su
sangre surge un Pegaso alado.
Ambos pensaron lo mucho que les dolería no volver, y cuánto extrañarían a sus
hermanas y hermanos; pero, sabiendo que quedarse era imposible, empezaron un
largo peregrinaje eterno; que los llevó y los sigue llevando de ciudad en ciudad, de
poblado en poblado, siempre juntos y enamorados.

Ahora viendo a Perseo dormir, Medusa pensaba que el Mythos nunca miente, ni
siquiera cuando se lo inventa, pues, a decir verdad, de un modo u otro todo había
resultado cierto, ella había perdido la cabeza por Perseo, quien al mirarla se quedó
petrificado, en cuanto a Pegaso ¿No es acaso el amor, un bello caballo alado?
✒️ | Gilma Betancourt
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