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La Epifanía: De Magos Sabios a Reyes Legendarios.

  • Foto del escritor: Gilma Betancourt
    Gilma Betancourt
  • 6 ene
  • 4 Min. de lectura

La fiesta de la Epifanía es una de las más relevantes del período de Navidad en Occidente. Se trata de una gran celebración para la Iglesia católica, especialmente en Europa, y conmemora un acontecimiento muy especial narrado por el evangelista san Mateo en el capítulo 2, versículos 1 al 12. En este pasaje se relata cómo unos magos de Oriente llegaron a visitar al niño Jesús y a la Sagrada Familia tras seguir una estrella durante un largo tiempo.


El evangelista también señala que, antes de este encuentro, aquellos hombres habían visitado al rey Herodes, quien les hizo una serie de preguntas. Ellos, con cautela, le indicaron que le comunicarían la ubicación exacta del niño una vez lo hubieran visitado y regresaran. Sin embargo, tras cumplir su cometido, tomaron un camino alterno, evitando así volver a Herodes.



Los magos son significativos para todo el cristianismo porque representan una constatación del cumplimiento de las Escrituras. En particular, se relacionan con la profecía de Miqueas: “Y tú, Belén de Judá, no eres la menor entre los clanes de Judá, porque de ti saldrá un gobernante que apacentará a mi pueblo Israel”. También evocan lo escrito en el libro de los Números (24,17): “De Jacob avanza una estrella, de Israel surge un cetro”, así como el texto de Isaías (60,3): “Caminarán las naciones a tu luz y los reyes al resplandor de tu aurora”.


Sin embargo, es importante señalar que en el Evangelio no se menciona en ningún momento que estos personajes fueran reyes; el texto habla únicamente de magos. Este término nos conduce inevitablemente a pensar en los sacerdotes persas del culto zoroástrico de Ahura Mazda, una religión cuyos orígenes se remontan a épocas anteriores al siglo VI a. C.



Ahura Mazda era considerado por los persas el Dios supremo, creador del universo, fuente de la verdad, la luz y el orden. Representaba el bien absoluto, la sabiduría y la justicia, y era la única divinidad digna de adoración. El zoroastrismo plantea un claro dualismo ético: por un lado, Asha, el bien, la verdad y el orden; por otro, Druj, el mal, la mentira y el caos. Esta religión sostiene que el ser humano es libre y debe elegir conscientemente el bien. Además, está vinculada, de diversas maneras, con los orígenes del judaísmo y posteriormente con el islam.


En este contexto, puede encontrarse una explicación plausible para el origen de aquellos magos: hombres sabios, formados en la observación de los astros y en una profunda reflexión ética, capaces de reconocer, aun siendo extranjeros, la divinidad de Jesús y de identificar en Herodes a un gobernante malvado. Hasta este momento, sin embargo, estos hombres no eran reyes, sino sabios.


Durante los primeros siglos del cristianismo, esta condición no fue cuestionada. En los siglos I, II y III, los magos siguieron siendo considerados simplemente como tales, tal como lo atestiguan autores como san Justino Mártir en el siglo II u Orígenes en el siglo III.


El cambio comenzó a gestarse entre los siglos IV y V, cuando los Padres de la Iglesia empezaron a reinterpretar la figura de los magos a la luz del Antiguo Testamento. Tertuliano, a finales del siglo II y comienzos del III, fue uno de los primeros en insinuar que los magos podían haber sido reyes, basándose en el Salmo 72: “Los reyes de Tarsis y de las islas traerán presentes; los reyes de Sabá ofrecerán tributo”. También se recurrió a textos como Isaías 2,3 y el Salmo 45, que aluden a pueblos y poderosos que ofrecen dones.




De este modo comenzó a consolidarse la idea de que aquellos visitantes debían poseer una condición superior a la de simples sabios, una interpretación que resultaba más coherente con el lenguaje simbólico de la época y con una comprensión limitada de la religión persa. Autores como san Cipriano y san Agustín reforzaron esta lectura simbólica, en la que los magos representaban a las naciones y a los poderes del mundo que se someten a Cristo.


Este proceso debe entenderse dentro del contexto histórico de las invasiones bárbaras en Europa. En ese momento, resultaba estratégico vincular la figura de los reyes al cristianismo para facilitar la conversión de los nuevos pueblos y reestructurar los entornos sociales y políticos europeos. Así, hacia el siglo VI, la condición de reyes pasó a formar parte de la liturgia oficial de la Iglesia. Lo que se rezaba se creía, y lo que se creía se representaba.


Esta visión se trasladó rápidamente al arte cristiano. Desde entonces, los magos comenzaron a aparecer en las representaciones con coronas y vestimentas reales. Durante la Edad Media, entre los siglos VIII y XII, se añadieron nuevos elementos legendarios. Se estableció que eran tres, en consonancia con el profundo simbolismo litúrgico del número tres; se les asignaron nombres —Melchor, Gaspar y Baltasar— y se les otorgó un origen continental.




Melchor pasó a representar a Europa (aunque en ocasiones se le atribuyó origen persa o árabe), Gaspar a Asia —especialmente la India o el Oriente lejano— y Baltasar a África, concretamente Etiopía o Nubia. Asimismo, se decidió que Melchor sería un anciano, Gaspar un adulto y Baltasar un joven, simbolizando así las tres edades del ser humano: vejez, madurez y juventud.


La tradición medieval afirmó también que los reyes se convirtieron al cristianismo, fueron bautizados y vivieron largas vidas. Según estas leyendas, Melchor habría tenido entre 60 y 70 años al conocer al niño Jesús y habría vivido hasta los 100; Gaspar, entre 40 y 50, habría alcanzado los 80 o 90; y Baltasar, de entre 20 y 30 años, habría vivido hasta los 70 u 80. Tras su muerte, se dice que sus reliquias permanecieron en Oriente, fueron trasladadas luego a Constantinopla, más tarde a Milán y finalmente a Colonia en el siglo XII, donde aún hoy se veneran en la catedral.


Como puede verse, hemos recorrido un largo camino: desde una tradición bíblica sobria hasta una rica construcción legendaria y simbólica. Los Reyes Magos se convirtieron en un emblema poderoso para el Occidente medieval, que necesitaba reforzar la idea de coronas sometidas a la Iglesia, más que la imagen original de unos sabios extranjeros, prudentes y atentos, capaces de reconocer la divinidad más allá de fronteras, culturas y poderes.


 
 
 

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