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La Capilla Sixtina: Un espacio que sorprende.

  • Foto del escritor: Gilma Betancourt
    Gilma Betancourt
  • 14 ene
  • 5 Min. de lectura

En primer lugar, por sus dimensiones. Probablemente uno la imagina más grande y, sin embargo, lo que la hace tan representativa es que, aunque no se perciba tan monumental como la basílica de San Pedro, resulta extraordinariamente amplia para la magnitud de la obra que Miguel Ángel realizó en su interior.


La capilla mide 40,9 metros de largo, 13,4 metros de ancho y alcanza una altura de 20,7 metros. Miguel Ángel pintó a más de veinte metros del suelo, cubriendo una superficie aproximada de 520 metros cuadrados en la bóveda, además de un muro de 13,7 metros de ancho por 12,2 metros de alto destinado al Juicio Final.



El edificio fue creado por el papa Sixto IV, con la intención de demostrar la grandeza del papado tras décadas de inestabilidad política. El programa iconográfico debía expresar la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, una idea que Miguel Ángel desarrollará de manera plena y definitiva.

Para la decoración inicial se convocó a algunos de los más importantes pintores del primer Renacimiento. En los muros laterales encontramos obras de Botticelli, Perugino, Ghirlandaio y Cosimo Rosselli, representantes de lo más excelso de la pintura italiana del Quattrocento. Yo mismo me propuse observar estas obras con detenimiento, y lo hice; pero, con total honestidad, debo decir que la fuerza de lo que presenta Miguel Ángel es tal que resulta casi imposible no volver una y otra vez la mirada hacia la bóveda o hacia el Juicio Final.


Lo más interesante es que esta obra nos revela a un Miguel Ángel pintor gracias a la obstinación de un papa igualmente fuerte de carácter: Julio II. Miguel Ángel insistía en que no era pintor, que él era escultor y que no dominaba la técnica del fresco. El papa, entonces, trajo a otros artistas para que le enseñaran. El florentino aprendió la técnica en cuestión de horas y, a partir de ese momento, trabajó prácticamente solo.





En un primer momento concibió una composición centrada en los apóstoles, pero pronto comprendió que no funcionaba desde el punto de vista visual ni conceptual. Abandonó esa idea y diseñó un programa mucho más complejo, centrado fundamentalmente en el Antiguo Testamento y en todos aquellos elementos que prefiguran y anuncian la venida de Cristo.



La obra del techo es, en sí misma, extraordinaria. La Capilla Sixtina posee una bóveda de cañón alargada —no circular— y una arquitectura real bastante sencilla. Sobre esa simplicidad, Miguel Ángel construye una arquitectura completamente fingida: marcos, cornisas y molduras pintadas que crean la ilusión de nichos y estructuras tridimensionales. Gracias a este recurso, desarrolla un programa iconográfico de una riqueza desbordante.

Al igual que en las Estancias Vaticanas de Rafael, la bóveda de la Capilla Sixtina responde a una finalidad teológica muy precisa: presentar toda la historia previa a la Encarnación y al nacimiento de Jesús. Miguel Ángel comenzó la obra con los nueve grandes frescos ubicados en el centro del techo. Inició el trabajo cerca de la puerta de entrada y avanzó progresivamente hacia el altar. Este recorrido responde a una comprensión simbólica del espacio: la puerta representa el origen; el altar, el fin que da sentido a ese comienzo. Es allí donde se celebra el misterio eucarístico, en el cual el pan y el vino se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo.





Las escenas escogidas para esta decoración central proceden del libro del Génesis. El programa iconográfico desarrolla un recorrido que va desde la creación hasta la esperanza de la salvación, pasando por la caída y la corrupción del ser humano. Todos estos elementos están presentes: la creación, visible en las escenas donde Dios actúa directamente; la caída de Adán; la corrupción, que se manifiesta tanto en la caída como en la embriaguez de Noé; y, finalmente, la esperanza de la salvación, presente en el sacrificio de Noé y anticipada también en la escena de la creación de Adán.


Los primeros frescos que Miguel Ángel pintó fueron los relacionados con la historia de Noé, realizados entre 1508 y 1509: La embriaguez de Noé, El diluvio universal y El sacrificio de Noé. A primera vista, esta elección puede parecer extraña, pero no debemos olvidar que Miguel Ángel era un profundo conocedor de la Biblia y que, como heredero del pensamiento neoplatónico desarrollado en Florencia en torno a los Médici, estaba convencido de que la belleza es un reflejo de Dios y que el cuerpo es expresión del alma. Por ello, lo que se representara en la bóveda debía trascender al espectador, como efectivamente sigue ocurriendo hoy.




Miguel Ángel presenta a Noé como representante de una humanidad que ha sobrevivido al pecado gracias a la gracia divina, pero que continúa en una condición de caída. Noé no es el final del relato, sino un puente entre el Génesis y la futura redención.

La primera escena dedicada a Noé que aparece ante nosotros es La embriaguez de Noé. Aunque es un hombre justo, Noé cae en el pecado y se embriaga, quedando expuesto ante sus hijos, dos de los cuales lo humillan. Miguel Ángel muestra así que ni siquiera el elegido por Dios es perfecto. Subraya que el pecado no desaparece tras el castigo del diluvio y refuerza la idea de que la humanidad no puede salvarse por sí sola, un elemento clave para comprender el sentido global de las imágenes de la Capilla Sixtina.





La escena central es, inevitablemente, El diluvio universal, un fresco de 280 por 570 centímetros. En él se percibe que Miguel Ángel aún se encuentra en una etapa inicial de su trabajo: algunas figuras resultan demasiado pequeñas y la composición es muy compleja. El arca, más que un barco, se asemeja a una gran casa o a un templo, en clara alusión al Templo de Jerusalén. El dramatismo de la escena recuerda proyectos anteriores del artista, como la inacabada Batalla de Anghiari, que debía enfrentarse a la Batalla de Cascina de Leonardo da Vinci. Ninguna de las dos obras llegó a realizarse. Aquí, Miguel Ángel expresa el drama de la humanidad, aunque de un modo más contenido que el que veremos posteriormente en el Juicio Final.




La tercera escena es El sacrificio de Noé, que alude a la obediencia y a la esperanza. Noé agradece a Dios, y Dios responde estableciendo la alianza simbolizada por el arcoíris, prometiendo no destruir nuevamente a la humanidad. Para Miguel Ángel, esta escena subraya tres ideas fundamentales: la obediencia del ser humano frente a Dios; el sacrificio como elemento de redención que prefigura el sacrificio de Cristo; y la posibilidad de un nuevo comienzo para la humanidad. Se trata, en definitiva, de una relación marcada por la esperanza.

Y con Noé me despido, hasta una próxima entrega.

Si tus próximas vacaciones serán en Roma, no dudes en ponerte en contacto para conocer más a profundidad cómo puedes hacer de este viaje algo inolvidable para ti y los tuyos.


 
 
 

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