El libreto y la plaza: La política colombiana de los años noventa
- Gilma Betancourt

- 28 may
- 3 min de lectura
...Parecía escrita por un guionista con exceso de café: Escándalos gravísimos mezclados con escenas absurdas, solemnidad institucional interrumpida por episodios casi tropicales y candidatos que, en medio de crisis enormes, protagonizaban momentos involuntariamente cómicos. Era una década donde convivían la nueva Constitución, los magnicidios, la televisión privada, el auge de los asesores de imagen… y una política todavía profundamente desordenada.
Una de las escenas más recordadas ocurrió durante la campaña presidencial de 1994, cuando Ernesto Samper y Andrés Pastrana Arango intentaban mostrarse como hombres modernos, cercanos y televisivos. Los asesores ya entendían el poder de la imagen, pero muchas veces el país real destruía cualquier libreto. En una caminata de campaña organizada meticulosamente para Pastrana, todo estaba planeado: cámaras, aplausos, saludos espontáneos. Hasta que apareció un vendedor ambulante gritando: —“¡Cuidado con la billetera que llegó la política!” La gente soltó la carcajada y los escoltas no sabían si sacar al hombre o fingir que no existía.
Los años noventa también fueron la época dorada de los debates televisados donde, por primera vez, los candidatos empezaban a parecer celebridades. Pero Colombia seguía siendo Colombia. En un debate regional, después de una intervención larguísima sobre apertura económica y modernización del Estado, un candidato sudando bajo las luces pidió agua en voz baja creyendo que el micrófono estaba apagado. El problema fue que toda la audiencia lo oyó decir: —“Si sigo hablando de inflación me duermo yo primero.” El estudio entero estalló en risa, incluido el
moderador.

Con Noemí Sanín ocurrían escenas distintas porque rompía muchos códigos tradicionales de la política masculina colombiana. En algunos pueblos los dirigentes locales no sabían cómo comportarse con una mujer candidata que además tenía carácter fuerte. En una visita regional un cacique político intentó “ayudarla” diciendo delante de todos: —“Doctora, usted habla muy bueno… casi como un hombre.” La plaza quedó congelada unos segundos hasta que Noemí respondió: —“Qué pesar por ustedes, entonces.” La ovación fue inmediata y el dirigente terminó aplaudiendo también, muerto de pena.
La campaña presidencial de 1998 produjo episodios todavía más surrealistas porque el país ya estaba completamente atravesado por la televisión. Los estrategas querían candidatos emocionales, cercanos, humanos. Entonces comenzaron los actos cuidadosamente diseñados… que casi siempre terminaban mal.
A Horacio Serpa le pasaba constantemente. Tenía tanta energía en plaza pública que muchas veces improvisaba demasiado. En una concentración bajo un calor insoportable quiso demostrar cercanía popular y aceptó bailar con un grupo vallenato. Lo que debía durar treinta segundos terminó convirtiéndose en varios minutos de baile agotador mientras él seguía sonriendo políticamente aunque ya no pudiera respirar bien. Los camarógrafos entendieron lo que estaba ocurriendo y comenzaron a hacer primeros planos de su cara completamente roja. Al día siguiente medio país comentaba más el baile que el discurso.
Pero probablemente las situaciones más divertidas de los noventa ocurrieron alrededor del escándalo del Proceso 8.000, precisamente porque el país mezclaba tragedia institucional con humor callejero. Colombia desarrolló en esos años una capacidad casi absurda para convertir el desastre político en chiste cotidiano.

Cuando comenzaron las acusaciones sobre financiación del narcotráfico a la campaña de Samper, las emisoras, los taxis y las oficinas se llenaron de humor negro. Circulaban imitaciones radiales, chistes telefónicos y frases que todo el mundo repetía. La más famosa, por supuesto, surgió alrededor de la defensa presidencial: —“Todo fue a mis espaldas.” La frase se volvió tan popular que empezó a usarse para cualquier cosa. Si alguien rompía un vaso decía: —“Fue a mis espaldas.” Si desaparecía plata en una oficina: —“También fue a mis espaldas.”
Incluso en medio de la crisis política más grave de la década, el país seguía riéndose.
Otra imagen inolvidable era la de los congresistas hablando solemnemente ante cámaras mientras detrás de ellos los asistentes corrían desesperados buscando café, tintos, fotocopias y periodistas. La política noventera colombiana tenía algo profundamente teatral: hombres hablando de la salvación institucional mientras el micrófono fallaba, el ventilador hacía ruido o alguien gritaba desde el pasillo.

Y quizá ahí está lo más curioso de esa década. Los noventa fueron años muy duros para Colombia, pero también profundamente caricaturescos. La política comenzó a modernizarse visualmente, aunque seguía funcionando muchas veces como una mezcla de plaza de mercado, estudio de televisión y reunión familiar llena de improvisación.
Por eso quedaron tantas escenas cómicas: porque el país intentaba verse moderno mientras seguía siendo entrañablemente caótico.
Nota por Gilma Betancourt




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