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El Beso de un Ángel

  • Foto del escritor: Gilma Betancourt
    Gilma Betancourt
  • 18 dic 2025
  • 3 Min. de lectura



Por Gilma Betancourt



Escuchó su nombre como si viniera de muy lejos, aunque sabía que Rafael estaba parado

junto a ella, llamándola en voz alta, preocupado por el mutismo que ahora la caracterizaba

y la terrible ausencia que se reflejaba en sus ojos. Finalmente, él la dejó tranquila

mientras iba a llamar al servicio de emergencias. Quiso detenerlo, pero no pudo; su

cuerpo se negaba a obedecerla, mientras su mente se sumergía en un trance que no

lograba comprender.


De repente, se vio a sí misma desde afuera. Pensó que estaba muriendo, y que si eso era

la muerte, no era tan terrible como había imaginado. No alcanzó siquiera a parpadear

cuando se vio transportada a otro lugar, tan lejano en el tiempo como en la memoria.

Había hecho todo lo posible por olvidarlo y dejarlo atrás, pues era tan doloroso estar allí.

Bien pensó: debe ser la muerte y debo haber sido condenada al castigo eterno, un

infierno pequeño, hecho a medida, lo suficientemente doloroso como para ser

insoportable.





Entonces los vio. No los recordaba así; sonreían divertidos con algo trivial y tonto, pero lo

suficientemente entretenido como para captar su atención. Se sintió invadida por una

extraña sensación de calidez y pensó que, definitivamente, ese no era el infierno.

En ese momento, se descubrió a sí misma, tan pequeña y frágil, que sintió miedo. Pensó

que pronto el mundo de esa niña se rompería en mil pedazos y que no quedaría nadie

para recogerlos. Le tocaría a ella misma remendarse las heridas y sacar fuerzas de donde

no las había.


La distrajo el sonido de los ladridos de su perro de aquel entonces. Precioso se llamaba, y

en verdad lo era, al menos para ella. De todos los presentes en la sala, parecía ser el

único que se percataba de su presencia. Lo saludó desde lejos, y él se acercó a

olfatearla, batiendo la cola, mientras todos los demás se asombraban y reían, creyendo

que el perro había enloquecido. A ella, sin embargo, la reconfortó que la reconociera.

La niña con la muñeca en la mano también se acercó. Venía a ver a su perro. Patricia

tembló al sentirla tan cerca; el contacto fue apenas perceptible y rápidamente se

desvaneció en el tiempo, pues desde la cocina llegaba esa voz tan amada y tan temida,

reclamando su presencia. Ya iba a ser la hora de la gran entrada, y quería que la pequeña

fuera la protagonista.


Quiso seguirla, pero no se atrevió. Temía que al hacerlo todo se desvaneciera, o peor

aún, que esa figura se materializara y entonces ella no quisiera regresar a ese lugar

donde la esperaban Rafael y los demás. Pero ya era demasiado tarde: estaba allí, frente a

ella, con la sonrisa limpia de siempre y ese gesto tan particular. Miraba a la niña

complacida. Luego, para su sorpresa, la miró a ella, y siempre sonriendo, asintió en un

gesto de aprobación y bendición.



Quiso decir tantas cosas, pero se giró para ver si realmente la miraba a ella. Descubrió

que sí. Luego vio que la llamaba para que la siguiera al que fuera su cuarto. Se sentó en

la cama invitándola a acompañarla, la abrazó, limpió sus lágrimas y le ofreció ese

consuelo que tanto tiempo había estado necesitando.

Intentó preguntar qué pasaba, qué era esto, pero ella le cerró los labios con un dedo

mientras le decía: mi amor, es el beso de un ángel. No le busques sentido ni

explicación.



En ese momento, Patricia sintió la mano de Rafael apretando su brazo. Le sonrió, la miró

aliviado mientras le decía lo asustado que había llegado a estar. Ella, por su parte, no dijo

nada. No había manera de explicar lo que acababa de pasar. Tan solo dijo, desde lo más

hondo de su corazón: "Gracias"




 
 
 

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