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Doña María Dos Cachorros

  • Foto del escritor: Gilma Betancourt
    Gilma Betancourt
  • 25 may
  • 2 min de lectura

Simone miraba la figura frente a ella con una mirada perpleja y unas incontenibles ganas de salir corriendo a vómito debido al hedor que esta despedía. No obstante, hizo acopio de toda su buena educación y saludó diciendo:


—Buenas noches, señora, ¿en qué puedo ayudarla?

La mendiga la miró con aire de suficiencia mientras la corregía:

—Princesa de Braganza.

Simone miró escéptica a su abuela, quien de inmediato intervino diciendo:

—Adelante, princesa, aquí está su encargo.


—Obrigada —respondió la princesa con la nariz respingada, haciendo un leve gesto con la cabeza.

Su abuela, muy seria, hizo una leve reverencia al tiempo que le entregaba las sobras, que la princesa tomaba como si de joyas se tratara. Luego miró alborozada a sus cachorros y se marchó con ellos rumbo a su casa, donde se las repartiría. Iba feliz, llamándolos con nombres tiernos, como haría una madre con sus hijos.


—Está loca, ¿cierto, vovó?







—Sí, mi amor, pero no es cosa de reírse, se trata de una historia triste, que da verdadera pena.

Simone se sentó para escucharla, pues ya lo había pedido con los ojos y sabía que su abuela la complacería con gusto, pues amaba la curiosidad de su nieta.


—La princesa es un alma buena y ha tenido una vida muy difícil. Primero, la pérdida de los bienes de su familia, que desaparecieron entre ventas, hipotecas y empeños; luego, la familia también fue deshaciéndose a ritmo de pérdidas y entierros. Fue entonces cuando Aminta, su empleada, le trajo a María José, una pequeña niña mulata que la princesa convirtió en su hija. En ese tiempo fue totalmente feliz, pero poco habría de durarle esta dicha, pues a María José se la llevó una neumonía, y el dolor le arrancó después la lucidez y la consciencia.


Más tarde llegaron los cachorros; primero fue uno, luego dos, después el resto, se convirtieron en el espacio de su amor de madre. Solo así supo cómo seguir viviendo, por eso este gesto de las sobras es tan importante —concluyó la abuela.

Simone, buena como era, asintió con los ojos bañados en lágrimas.



Un cuento de Gilma Betancourt


 
 
 

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